sábado, 16 de agosto de 2025

DON FAVIO Y EL FÚTBOL

 


David estaba sentado frente a las mujeres escuchando sus voces, mirando con atención el movimiento de sus manos blancas, sumamente limpias y con las uñas cuidadas. Entre sus dedos un cigarrillo se consumía, mientras cruzadas de piernas, conversaban animadamente. David estaba callado, escuchándolas mientras observaba sus rostros, intentando que su mirada no bajara a los escotes que ambas lucían y que apretaban sus turgentes senos, los que parecía estallarían de un momento a otro. Una mantenía un vaso de cerveza apoyado en la rodilla, la otra estiraba el brazo con el vaso vacío hacia Carlos esperando que le sirviera más porque tenía sed, decía.

El papá de Carlos, entusiasmado no dejaba de admirar a las bellas féminas que no se detenían a respirar entre sorbos de cerveza y las palabras que brotaban de sus labios tentadores.

-          - Don Fabio – dijo una – me sonroja que me mire de esa manera.

-          - Ay hija, hace tiempo no tengo frente a mí, tanta belleza reunida – respondió coqueto.

-          - A sus años Don Fabio, ¿Cómo habrá sido cuando era joven? – dijo la más joven.

Don Fabio sonrió, sin preocuparse que notaran que su mirada las recorría de pies a cabeza.

-          - Don Fabio, cuide su presión arterial – le habló David al oído.

Carlos, se reía de ver la emoción de su padre en presencia de las dos voluptuosas féminas, mientras buscaba en la televisión un canal de música.

-          - Salud preciosa – dijo Don Fabio.

-          - Salud Don Favio – respondió la más joven.

David sorprendido, bebió un sorbo de la copa vino que se había servido, cuando Don Fabio se puso de pie, acercándose a la mujer que sonreía, con la mano la invitó a bailar, al tiempo que movía su cuerpo al ritmo de la cumbia que sonaba en el televisor. “Don Fabio la presión” pensó David.

Y allí estaba el respetado anciano bailando con la mujer más joven, en medio de la sala. Coqueteando con galantería y aplomo, acercando su rostro a la mejilla de ella, que no dejaba de sonreír halagada, con el vaso de cerveza casi lleno en una mano, mientras la otra se apoyaba en el hombro de Don Fabio. “Un paso para adelante, dos pasos para atrás” decía la letra de la canción y los danzantes seguían el ritmo.

Bailaron como si estuvieran solos, sin percatarse de las miradas de los demás. Una canción, otra más y otra más. La mujer dejó el vaso vacío y se apretó a Don Fabio, cuando sonó un merengue. El viejo reaccionó al esbelto cuerpo que se pegaba a él con el frenético ritmo que bailaban.

David y Carlos se miraban, la otra mujer miraba a la pareja bailar, sin dejar de beber de su vaso.

-          - No me sacas a bailar – expresó dirigiéndose a David, en tanto dejaba el vaso en la mesita de centro que habían colocado a un lado para que no interrumpiera el baile.

-           - Ven – le dijo David, el vino había logrado derrumbar su normal expresión seria.

Ella se puso de pie, era alta, casi de su mismo tamaño, de piernas largas y bien torneadas, cintura estrecha y caderas amplias, de piel blanca bronceada, caminó hasta el centro de la sala y esperó a David. Él se acercó con una sonrisa alegre, cómplice, feliz.

Pum, pum.

Don Fabio se desplomó en medio de la sala. Todos gritaron.

Al día siguiente, la mañana prometía un día de sol, la niebla había levantado, el viento fuerte que hacía levantó la bruma, los pájaros cerca cantaban al astro que tímido asomaba entre las nubes. Por los jardines unos niños correteaban, jugando entre ellos, saltando y gritando, ignorando lo que a su alrededor sucedía. Son niños, dijo alguien, en la habitación escuchando la algarabía fuera.

En una habitación de la clínica, cerca al malecón de Miraflores, Don Fabio despertó. Alrededor de su cama, estaban sus hijas, con rostros de angustia, sus esposos con rostros serios, sus nietos mayores. La mamá de sus hijos también había llegado desde Chaclacayo a ver a su ex esposo. En la puerta casi en el pasadizo, Carlos y David, se encontraban serios, incómodos, siendo interpelados por el hermano menor de Don Fabio, que acababa de llegar.

-          - ¿Qué le pasó a mi hermano muchachos?

-          - No lo sé tío – mintió Carlos.

-          - No lo sé señor, el susto me malogró el sábado – dijo David con tristeza y pesadumbre.

-          - Estábamos conversando y se desmayó.

Desde la habitación Don Fabio, los llamó, los reclamó cerca. Ellos entraron, todos los presentes les hicieron espacio, cuando estuvieron al borde de la cama.

-          - Muchachos, ¿ganó la U?

-          - Perdió papá, cuatro cero.

-          - Que indignación muchachos, con el segundo gol me sentí mal, ellos tienen la culpa de que esté aquí.

-          - Si papá – asintió Carlos.

-          - Si Don Fabio, así es el fútbol – respondió un frustrado David.

-          - Papá no veas el futbol, esos siempre pierden – le dijeron sus hijas.

Don Fabio asentía muy serio.










domingo, 23 de marzo de 2025

EL INSOLENTE

 





- ¿Eres poeta o escritor? - preguntó cuando levantaba el vaso de pisco, dibujando en sus labios una sonrisa irónica.


- No lo sé, a veces lo dudo - le respondió  el aludido amablemente - pero hay quienes me llaman así.


Y la persona frente a él se rio, con esa sonrisa sarcástica que ensayan los que desean herir sin sentirse culpables de lo que pueden ocasionar. 


- Te lo dirán porque tienes amigos que lo son y tú eres un desconocido - dijo entre carcajadas.

- Quién con lobos anda, termina aprendiendo a aullar, algo aprendo de ellos - le respondió con educación y una sonrisa serena, el escritor.


En la sala donde estaban varios amigos y algunos conocidos compartiendo una reunión, la tensión se percibió de pronto.


- No sigas, porque el poeta tiene un pasado. Hubo un tiempo que por reírte así ya estarías con el labio quebrado y remojando tu nariz en sangre, saliendo por la ventana.


Intervino uno de los amigos, de esos que jugaron con él fútbol en la calle, esquivando autos, cuando los arcos lo marcaban con dos piedras y la diversión era correr tras un balón.


- Nah, ese fue el tiempo en que era un infeliz, haciendo de todo para sobrevivir, lejos de lo que quería realmente hacer. Con el tiempo aprendí que todos tienen algo que decir, y que yo decido qué es importante para mí y que no - contestó levantando su copa el hombre al que le decían poeta.


El hombre frente a él, se sirvió otro vaso de la botella de pisco que había llevado a la reunión y de la que él sólo bebía.  


- ¿Y de qué vives? 

- De la poesía y de las historias que escribo. No es fácil, pero hago lo que me gusta, y algunas otras cosas por allí - explicó con serenidad.


Y el interrogador impertinente volvió a reír en un tono más burlón está vez. 


- Por eso andas sin dinero, ahora se explica.

- Nunca te he pedido prestado ¿Sabes acaso algo qué yo no sé? - le contestó el interrogado.

 

Quiénes escuchaban se rieron. Su amigo Manolo, que estaba de pie intervino otra vez, y señalando al hombre de tez morena que con insolente actitud  interrogaba al invitado, dijo,


- Este no es capaz de hacer nada por nadie, a su propio padre le cobra los taxis. ¿Va a prestar dinero? ¿Este?- afirmó riendo, para luego agregar con ironía - primero se muere, y si te presta te cobra a través de las redes sociales. O te hace un escándalo en la calle con la familia presente, es un llorón.


Todos los presentes se rieron de lo que dijo y el hombre de piel oscura desde su asiento lo fulminó con la mirada. 


- ¿Eres taxista? - le preguntó el escritor- también hice taxi un tiempo, pero lo dejé, solo fue un trabajo temporal, tenía que perseguir mis sueños - afirmó el poeta - no nací para taxista.

- Pero gano más dinero que un poeta - respondió ofendido y agresivo el insolente.

- Ya, pero estudiaste administración en la Universidad Católica y creo que cocina en la Gordon Blue. ¿Qué pasó? ¿Por qué no trabajas en lo que estudiaste?.


El moreno insolente se arremolinó en su asiento incómodo por mi pregunta.


- El negro hizo quebrar una empresa, fracasó con su negocio, y siempre quemaba el arroz. No le quedó más remedio que ser taxista, luego se hizo llorón y envidioso.


Contó otro de los presentes, de nombre Jaime, entre risas.


- Y todavía vive en casa de su “apá”, sin pagar alquiler - agregó.


La risa fue general, y a él no le quedó más remedio que sumarse a ella.


- Ser taxista no es ninguna vergüenza - dijo él. 

- Pero ser creído y bocón si - dijo el papá del dueño de la casa el más respetado por todos los presentes - por lo menos no le cobres el taxi a tu viejo, pues no seas ridículo.


Y todos volvieron a reír.


- Salud - dijo el poeta y  se puso de pie dejando al taxista insolente con su vergüenza.


Ha estás alturas de su vida hay batallas que no valen la pena entablar, pensaba sonriendo. Los años enseñan que es mejor dejar a los mediocres en su mundo.


El taxista, con evidente incomodidad terminó su trago, tapó su botella de pisco, la tomó entre sus manos con inocultable fastidio, cruzó la sala y salió sin despedirse a la calle.  


- Deja el pisco, Shrek - le dijo Manolo - vete, pero deja la botella.


Y todos se rieron de la broma y de la ridícula actitud del  hombre.







domingo, 9 de marzo de 2025

EL AMOR DE SU VIDA



Sebas estaba quebrado, había perdido el trabajo hacía un mes, su auto necesitaba ser reparado, las deudas se acumulaban una tras otra, hacía días que no dormía. Caminaba por la casa desvelado por la preocupación que llevaba, pagar el colegio de su hijo era lo más urgente, sabía que no podía dejarlo para después, sus padres jamás se atrasaron con el pago de la escuela y él no podía fallar de esa manera, el reloj marcaba las tres de la madrugada, cavilaba sobre la forma de conseguir el dinero de la pensión, “Felizmente está Amelia, ella me ama y pasarán estos días, todo se arreglará”. Ese pensamiento lo calmaba y algo de sosiego hallaba en esa certeza. Estaba enamorado, lo sabía, cuando estaba con ella, todo a su alrededor se detenía; aunque ella estaba algo distante por esos días “Quizás está preocupada como yo” se decía en un intento de justificar la frialdad que percibía de su pareja. Entró a la cocina, se sirvió un café, no había azúcar, buscó en toda la alacena y nada, por la mañana le pediría víveres a su amigo del mercado, seguro de que le prolongaría el crédito, pues era un buen cliente. Su hijo dormía en la otra habitación, ignorante de lo que sucedía, solo sabía que su padre  ya no trabajaba. “Pero papá siempre soluciona, él es inmortal” se dijo el muchacho abrazando el muñeco de Thor que su chica le había obsequiado, antes de dormirse más temprano.


Por la mañana, luego de regresar del mercado, mientras decidía qué hacer con las últimas monedas que le quedaban, Sebas recibió una llamada, era una amiga de Amelia que le pedía que pintara su casa, ella lo había recomendado. 


Aceptó inmediatamente, quedaron en una hora y él se presentó en la dirección. Convinieron en un precio después que Sebas calculó la cantidad de pintura que utilizaría y sus honorarios. La amiga de Amelia luego de regatear el precio y de solicitar un descuento, convino en pagar un adelanto. Comenzaría a pintar esa misma mañana y entregaría la casa pintada al día siguiente, “Una habitación grande donde duermen las hijas y una sala comedor se pintan rápido”, se dijo él, “pagaré el colegio y quedará algo para la comida de la semana”.


Sebas se organizó, compró la pintura y todo el material necesario, fue a casa a cambiarse. Encontró a su hijo leyendo en su habitación, le contó del trabajo que haría y le dijo que lo acompañaría a pintar. El muchacho arguyó que no sabía, su papá le dijo que debía de aprender para que le sirviera en la vida, el muchacho aceptó medio obligado, le ofreció darle una propina por su ayuda, juntos fueron a pintar.


El sábado al mediodía Sebas entregó la obra terminada, la dueña de la casa satisfecha canceló el saldo. Con el dinero obtenido Sebas se dirigió a casa de la mamá de su hijo y le entregó el importe de la pensión del colegio, ella sorprendida lo recibió.


Cuando caminaba recibió una llamada, 


- Hola Sebastián - era Amelia.

- ¿Todo bien cariño? - pregunta él, sabe que cuando le habla con su nombre completo algo pasa.

- Bueno más o menos, estoy en la peluquería - dice Amelia apresurada -  no tengo zapatos y el vestido está en la lavandería. Es mediodía y no me depositas lo que prometiste. Ay Sebastián, siempre te olvidas de mí.

- Cariño sabes que no es así, estuve trabajando, ya sabes.

- Si, ya me contaron que te pagaron; ¿no me vas a depositar? Quiero estar arreglada para el matrimonio de Jessy. Eres mi marido, tienes que hacerlo.

- Ahh, claro, el matrimonio, estee…


Sebas dudó, comenzó a pensar qué decir, cómo hacer, había olvidado el compromiso. Miró el dinero en sus manos, y resignado dijo.


- Voy al banco y lo depositaré en tu cuenta. 

- Gracias - dijo Amelia, el amor de su vida y colgó.


Sebas suspiró y se dirigió al banco, se quedaría sin dinero, pero ella estaría contenta. Su hijo comprendería, su felicidad era importante.


Por la noche, en la recepción, después de la ceremonia matrimonial, Amelia y Sebastián salieron al jardín a fumar y conversar. El local de recepción era grande y espacioso, habían muchos invitados. En el salón principal decorado con una gran cantidad de flores, los mozos y azafatas, elegantemente vestidos  iban y venían con grandes bandejas con copas de vino y champagne.  Abundantes bocadillos se ofrecían entre los invitados que conversaban. Alrededor del gran salón las mesas estaban dispuestas con manteles blancos, arreglados con relucientes cubiertos y copas de vino cristal, todas las mesas estaban adornadas con esculturas de hielo, iluminadas tenuemente y en el centro del amplio salón, un espacio para quienes quisieran bailar. Amelia estaba hermosa, con un traje entallado negro, que hacían juego con sus zapatos, suavemente maquillada, y su cabello azabache, laceado, imposible que pasara desapercibida. Había parejas que bailaban al ritmo de una orquesta que tocaba entretenidas canciones. Todo era alegría.


Mientras fumaban en el jardín Sebas le preguntó al amor de su vida, qué tenía, por qué estaba tan distante, tan fría, por qué no bailaba con él y si con el amigo del novio de esa forma coqueta. Ella que lo mira con rabia, sus ojos denotaban una ira desconocida, se suelta de la mano de Sebas, da un paso atrás y de sopetón le dice que no lo soporta, que está aburrida de él, que ya está harta que sea un pobre tonto que sobrevive en la vida, que ella merece  mejores cosas.


Sebas sorprendido por las palabras tan hirientes que escucha, del amor de su vida, la sujeta por los brazos, ella intenta zafarse de ellos, él trata de sujetar su rostro, de abrazarla, intenta pedirle que no le hablé de esa manera, rogarle que no lo deje después de todo lo que hace por ella. De pronto recuerda su llamada de hoy, su exigencia fría de dinero, sin importar los sucesos con los que carga él hace semanas, “Eres injusta” alcanza a decir, ella lo empuja, forcejean, ella pugna por soltarse, él por retenerla.


De pronto un golpetazo lo sorprende en la cabeza, algo estalló dentro, otro golpe, luego una patada, gira y recibe más impactos en el rostro, cae sobre el camino de piedra en el jardín. Lo patean en el piso, alguien dice “no entiendes que no quiere nada contigo imbécil”, lo siguen pateando cuando intenta ponerse de pie para defenderse. Tropieza con un árbol, sangra de la nariz, más golpes en el rostro. Amelia ha desaparecido, se incorpora y dos hombres arremeten contra él, intenta defenderse, no le dan tregua, recibe más golpes, rompen su ropa.


Alguien lo abraza fuertemente desde atrás, lo protege de la agresión, lo arrastra hacía la calle, “tranquilo” le dice, “no puedes contestar”, Sebas lo reconoce es el mismo hombre con el que Amelia coqueteó cuando bailaron, el amigo del novio; sale a la calle, “cálmate” escucha que le dice, para un taxi este  se detiene y el hombre lo ayuda a subir al auto, “ya perdiste flaco, mejor ve a tu casa”.  Sebas no entiende lo qué ha pasado, quiere bajar y hablar con el amor de su vida. El hombre le indica al chófer que lo saque de allí, sujeta la puerta, le repite, “ya perdiste”, el taxista le aconseja irse, “son varios flacos” adolorido le da la dirección al chofer y alcanza a ver a Amelia en la puerta del local acercándose al hombre que lo sacó del local, con el que coqueteó bailando.


Cuando despierta  al día siguiente está en su cama, su hijo lo observa desde la puerta de la habitación  con una expresión de pena y desagrado, Sebas no sabe qué decir, “hijo” dice y se incorpora torpemente, le duele la cabeza, tiene un pómulo hinchado, la nariz inflamada, sangre en la ropa, un corte en un brazo, el pantalón del traje está roto en el lado de la pierna derecha, la camisa sin botones. Se toca el cabello donde le duele y siente su pelo apelmazado por la sangre de su cabeza rota. “Para eso tomas papá”  le recrimina el muchacho de trece años, desde el umbral donde se encuentra.


El padre no contesta, toma el teléfono y marca el número del amor de su vida, timbra varias veces, no hay respuesta, insiste hasta que una grabadora le indica que está apagado, vuelve a insistir, no hay señal, lo apagó. Imagina que ella se quedó con el hombre que lo sacó de la recepción, el mismo que bailó con ella. Recuerda que los vio juntos en la puerta. 


- Para eso tomas papá - repite su hijo desde donde lo observa decepcionado, preocupado.

- Hijo - dice - nunca te enamores - atina a decir Sebastián, mientras hunde su rostro entre las manos y solloza con dolor.


La vergüenza lo invade, la decepción, su corazón se quiebra con la comprensión de que lo sucedido en el matrimonio de Jessy, no fue casualidad.


“Ya perdiste flaco” recuerda que le dijo el hombre, y es cierto ha perdido todo.


Hasta la dignidad.


Dos días después le da un derrame cerebral en la madrugada.








lunes, 13 de enero de 2025

PATRONES





Llegó antes que ella, se preguntaba cuál sería la razón de la llamada, le intrigaba saber por qué de la reunión, si solo se habían visto escasamente dos o tres veces en los días que su padre cayó enfermo, en la segunda ola de la pandemia. El trato entre ellos fue educado, cortante, frío. A ella le pareció un arrogante, malgeniado, a él le fastidio que sea una entrometida dando consejos cuando no se los pedían. 

Entró al café frente al mar, se sentó en la mesa acostumbrada, pidió un desayuno, abrió el libro que había llevado y se dispuso a dejar pasar los minutos mientras leía.


Dos tazas de café después ella apareció, con una sonrisa de lado a lado, jovial y espontánea. Antonio sorprendido por el cambio de su actitud, admiró su sonrisa, sus ojos,  la cordialidad en sus expresiones y gestos, su figura esbelta 


  • Dime, me llamaste para vernos - dijo él.

  • Si, sucede que leí el post que hiciste sobre tu papá. Me conmovió mucho, me alegra que hayas podido sanar tu relación con él, mira yo…

  • Antes quiero hacerte una pregunta - le dijo cortando la frase - que espero no te ofenda - hizo una breve pausa -  ¿tuviste algo con él?

  • No me ofende - respondió con una sonrisa - y no tuve algo con él, siempre me trató como a una hija. Fue consejero en días en que me derrumbaba, mi maestro en las gestiones frente al ministerio y hasta guardaespaldas cuando lo necesité, tu padre fue muy respetuoso conmigo. Me confiaba algún secreto, pero siempre me habló de sus hijos, de su esposa. 

  • Así era él, siempre colaborador con todos. Para sus hijos tenía poco tiempo. Y era muy crítico conmigo. Nada de lo que hacía yo le parecía bien.

  • Te llamé por eso - dijo ella, mientras tomaba un poco del café que había pedido.

  • No entiendo - dijo Antonio turbado.

  • Tu padre me confió muchas cosas de su vida o eso creo yo, en tus palabras leo que ambos se perdonaron, pero nunca hablaron sobre lo que sentían o se querían. Y eso quería decirte, él estaba orgulloso de ti Antonio.


En ese momento mientras escuchaba la suave voz de la amiga de su padre, los recuerdos se agolparon en su pensamiento uno tras otro. 


Recordó la mañana que lo recogió en el aeropuerto y su empujón cuando él le dijo “perdóname papá yo también te perdono, empecemos de nuevo”, “¿Qué me tienes que perdonar tú? Yo soy tu padre", dijo. O aquellas palabras cuando llegó al hospital en Madrid y lo encontró postrado en una cama “así me querías ver”. O su soberbia necedad en no reconocer los errores y mentiras que descubría sin querer. Recordó cuando su papá le gritó adúltero, una mañana y  como se rio de  su cara cuando le dijo que había conocido a una señora italiana que vivía por el puerto del Callao, la misma  que le enviaba saludos.


Las emociones volvieron por unos instantes, ebullieron por su sangre rápidamente, sus manos crispadas estrujaron una  servilleta, escuchaba las palabras de Viviana, ellas resonaban en su interior aunque había dejado de entenderlas, observaba sus labios moverse, nada más. 


De pronto recordó, como un flash, el instante que se tomaron de las manos, las palabras que su padre con esfuerzo pronunció “gracias Antonio, eres mi hijo, un buen hijo”. Sus ojos se tornaron acuosos, a duras penas mitigó las lágrimas que pugnaban por desbordarse.


  • Tu padre Antonio, fue a la presentación de tu primer libro. No llegó a entrar a la sala. Pero te observó desde la puerta.

  • ¿Cómo sabes eso?

  • Porque yo lo acompañé, no quería que lo vieras. Era un viejo terco, pero estaba orgulloso de ti, de la terquedad con que desafiaste  a todos, a él. De la paciencia tenaz que descubriste en ti, del padre en que te convertiste. Mi hijo es escritor y un buen padre, me decía.

  • Nunca me lo dijo - dijo Antonio  intentando parecer duro, sorbiendo algo de café.

  • Porque era terco, como tú, orgulloso, desafiante. Marino de guerra, pues con mucho mundo en sus espaldas, y porque seguro su padre nunca le habló así. Ya sabes ahora sabemos que son patrones.

  • ¿Él estuvo allí? ¿Tu estuviste con él? ¿Dónde fue? - preguntó Antonio desconfiado.

  • En la Casa de la Literatura, el día que tu hijo cumplía años.

  • Es cierto - contestó Antonio, miró el mar y guardó silencio.


Siguieron conversando por largo rato, el hielo y esas primeras impresiones se habían 

quebrado, Antonio la miraba agradecido, como si fuera un ángel que acaba de hacer un milagro, se despidieron con la promesa de verse antes de que ella viajara a España.


Antonio, caminaba cerca del malecón mirando el mar, caía la tarde, el sol se ocultaba lentamente en el horizonte, algo en su interior había cambiado, lo sabía. Una extraña certeza crecía en su interior. Su viejo, estaba orgulloso de él. Sacó del bolsillo su celular, buscó el contacto GATO y marcó. Una voz contestó.


  • Hola viejito ¿Cómo vas?

  • ¿Hijo te he dicho que estoy orgulloso de ti? -preguntó Antonio, con voz casi quebrada, cuando una ola rompía en la orilla.

  • Siempre que puedes lo dices papá y a veces me preguntó de qué si no he hecho nada extraordinario - contestó el hijo.

  • Perdonarme, quererme, decirme papá, vivir lejos, en un país extraño, crecer con valentía, romper con mis patrones ¿no te parece extraordinario?

  • Jajajaja ¿estás con un  pisco encima?- dijo riendo el hijo.

  • Te amo gato - dijo Antonio.

  • Te amo papá, llegaré pronto a Lima.

  • Aquí te espero hijo.