David estaba sentado frente a las mujeres escuchando sus voces, mirando con
atención el movimiento de sus manos blancas, sumamente limpias y con las uñas
cuidadas. Entre sus dedos un cigarrillo se consumía, mientras cruzadas de
piernas, conversaban animadamente. David estaba callado, escuchándolas mientras
observaba sus rostros, intentando que su mirada no bajara a los escotes que ambas
lucían y que apretaban sus turgentes senos, los que parecía estallarían de un
momento a otro. Una mantenía un vaso de cerveza apoyado en la rodilla, la otra estiraba
el brazo con el vaso vacío hacia Carlos esperando que le sirviera más porque
tenía sed, decía.
El papá de Carlos, entusiasmado no dejaba de admirar a las bellas féminas que
no se detenían a respirar entre sorbos de cerveza y las palabras que brotaban
de sus labios tentadores.
- - Don Fabio
– dijo una – me sonroja que me mire de esa manera.
- - Ay
hija, hace tiempo no tengo frente a mí, tanta belleza reunida – respondió coqueto.
- - A sus
años Don Fabio, ¿Cómo habrá sido cuando era joven? – dijo la más joven.
Don Fabio sonrió, sin preocuparse que notaran que su mirada las recorría de
pies a cabeza.
- - Don
Fabio, cuide su presión arterial – le habló David al oído.
Carlos, se reía de ver la emoción de su padre en presencia de las dos
voluptuosas féminas, mientras buscaba en la televisión un canal de música.
- - Salud
preciosa – dijo Don Fabio.
- - Salud
Don Favio – respondió la más joven.
David sorprendido, bebió un sorbo de la copa vino que se había servido, cuando
Don Fabio se puso de pie, acercándose a la mujer que sonreía, con la mano la
invitó a bailar, al tiempo que movía su cuerpo al ritmo de la cumbia que sonaba
en el televisor. “Don Fabio la presión” pensó David.
Y allí estaba el respetado anciano bailando con la mujer más joven, en medio
de la sala. Coqueteando con galantería y aplomo, acercando su rostro a la mejilla
de ella, que no dejaba de sonreír halagada, con el vaso de cerveza casi lleno
en una mano, mientras la otra se apoyaba en el hombro de Don Fabio. “Un paso
para adelante, dos pasos para atrás” decía la letra de la canción y los
danzantes seguían el ritmo.
Bailaron como si estuvieran solos, sin percatarse de las miradas de los demás.
Una canción, otra más y otra más. La mujer dejó el vaso vacío y se apretó a Don
Fabio, cuando sonó un merengue. El viejo reaccionó al esbelto cuerpo que se
pegaba a él con el frenético ritmo que bailaban.
David y Carlos se miraban, la otra mujer miraba a la pareja bailar, sin
dejar de beber de su vaso.
- - No me
sacas a bailar – expresó dirigiéndose a David, en tanto dejaba el vaso en la mesita
de centro que habían colocado a un lado para que no interrumpiera el baile.
- - Ven –
le dijo David, el vino había logrado derrumbar su normal expresión seria.
Ella se puso de pie, era alta, casi de su mismo tamaño, de piernas largas y
bien torneadas, cintura estrecha y caderas amplias, de piel blanca bronceada,
caminó hasta el centro de la sala y esperó a David. Él se acercó con una
sonrisa alegre, cómplice, feliz.
Pum, pum.
Don Fabio se desplomó en medio de la sala. Todos gritaron.
Al día siguiente, la mañana prometía un día de sol, la niebla había
levantado, el viento fuerte que hacía levantó la bruma, los pájaros cerca
cantaban al astro que tímido asomaba entre las nubes. Por los jardines unos niños
correteaban, jugando entre ellos, saltando y gritando, ignorando lo que a su
alrededor sucedía. Son niños, dijo alguien, en la habitación escuchando la
algarabía fuera.
En una habitación de la clínica, cerca al malecón de Miraflores, Don Fabio despertó.
Alrededor de su cama, estaban sus hijas, con rostros de angustia, sus esposos
con rostros serios, sus nietos mayores. La mamá de sus hijos también había
llegado desde Chaclacayo a ver a su ex esposo. En la puerta casi en el pasadizo,
Carlos y David, se encontraban serios, incómodos, siendo interpelados por el hermano
menor de Don Fabio, que acababa de llegar.
- - ¿Qué
le pasó a mi hermano muchachos?
- - No lo
sé tío – mintió Carlos.
- - No lo
sé señor, el susto me malogró el sábado – dijo David con tristeza y pesadumbre.
- - Estábamos
conversando y se desmayó.
Desde la habitación Don Fabio, los llamó, los reclamó cerca. Ellos entraron,
todos los presentes les hicieron espacio, cuando estuvieron al borde de la cama.
- - Muchachos,
¿ganó la U?
- - Perdió
papá, cuatro cero.
- - Que indignación
muchachos, con el segundo gol me sentí mal, ellos tienen la culpa de que esté aquí.
- - Si
papá – asintió Carlos.
- - Si
Don Fabio, así es el fútbol – respondió un frustrado David.
- - Papá
no veas el futbol, esos siempre pierden – le dijeron sus hijas.
Don Fabio asentía muy serio.





